Presentación

Era una pipa humeante en el cuenco de la mano izquierda, un batín de cuadros marrones y amarillos, gafas gruesas y un índice derecho basculante recitando "Tiemblan más vuestras manos al escribir mi sentencia que yo al recibirla". Y era mi padre.
Y eran las palabras de Giordano Bruno poco antes de ser incinerado en la hoguera por mandato de la Inquisición. Así, que crecí en la apología del pensamiento libre.
También es mi vida. Una vida que, por estas cosas del azar y los amores, dio en parar por algún tiempo, nunca suficiente, en Italia. En Roma. En mi Roma. Y en la plaza más coqueta que uno pueda imaginar, en una plaza llena de vida, en la plaza de Campo dei Fiori. Y fue allí donde, tantos años después,  volví a reencontrarme con mi amigo Giordano. Donde cada 17 de febrero se celebra un homenaje a los mártires de la libertad y de la autonomía intelectual. Donde se exige ser radicales, ir a la raíz de las cosas, darles una vuelta y sacar las propias conclusiones. Donde se repudia el dogma. Donde Giordano preside.

Il giardino di Giordano es mi jardín. Y el vuestro si queréis. Un jardín para la libertad y la especulación (por favor, no monetaria, no para jardines infectos) . Para pensar sin miedo.
Un jardín en el que sembrar las semillas de mis maestros, los amigos y amigas con los que y de los que aprendo cada día, mis compañeros y compañeras, mis alumnos. Sus padres.
El jardín de un profesor que no ha parado, ni quiere, dejar de crecer profesionalmente. Un jardín que trataré de labrar con la herramienta con la que más  cómodo me encuentro, mi condición de profesor de matemáticas.
Y un jardín para que  G. B., de la clase 1E del 2012, deje patidifuso algún día a un ligue al recitarle, sentida y solemnemente, "tiemblan más  vuestras manos al redactar mi sentencia que yo al recibirla"

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